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One of the lessons that China has learned from the pandemic is that its century-old policy of political isolationism no longer pays off. The scope of action for a global power that is only such from a commercial point of view becomes very narrow when states return forcefully to the scene. After Xi Jinping’s confirmation to power for a third term, the Chinese leadership feels legitimate to play a political role as a counterbalance to the United States, a role that remained vacant after the end of the Soviet Union. Even Joe Biden, at the last G20, recognized the Asian country’s status as a superpower, hoping that the United States and China together could ensure the normalization of world trade in a stable international context. Beijing seems to have listened. In mid-March, in the speech presenting the three Chinese initiatives on development, security, and global civilization, Xi Jinping took up a classic Chinese battle horse, stating that the People’s Republic has no colonial ambitions, unlike other countries, in clear reference to the history of Western powers. Above all, he emphasized that the Chinese do not want to impose their own values or models on others.

Therefore, China proposes itself as a global power alternative to the United States, which does not intend to export its political-social model and respects other values and cultures. And it is a vision, however debatable, that is truly innovative. From ancient Rome onwards, all powers that have had a predominant position have imposed models and values, often even language and religion. When China says it is different, it is mainly addressing countries in the Global South that still bear the scars of colonialism on their skin. But it is also a reassuring speech for the West, clarifying that China does not intend to impose its system on others, but only to do good business in a relaxed global environment.

The first “field test” of this new challenge for China, a successful test, was the assumption of the role of mediator between Saudi Arabia and Iran regarding the conflict in Yemen, which has become the battered battlefield between the Sunni power, a staunch ally of the United States, and the Shiite power, aligned with Russia on the Middle Eastern chessboard. Now the most important stake is to convince Ukraine, and above all the United States, that its proposal for a ceasefire to stop the war machine in Ukraine should be taken into consideration. With great skill, in the twelve points drawn up, Beijing lists a series of principles that are agreeable to all, such as the respect for the territorial integrity, independence, and sovereignty of states according to UN criteria. But it does so without asking for the withdrawal of Russian occupation troops, a condition that Ukraine considers essential to start negotiations and that the Kremlin will never accept. Meanwhile, trade relations between Russia and China are consolidating, with Moscow at a clear disadvantage, having lost Western customers and its economy in desperate need of the Chinese lifebuoy. Xi Jinping presents himself to the world as the only interlocutor Vladimir Putin listens to, and this establishes the fact that there will be no peace in Ukraine without China’s presence at the negotiating table. But the result Xi Jinping seeks to achieve goes beyond the conflict, and it is to demonstrate that the real danger to the world is not China, but the Western allies’ deployment, committed only to sending weapons to Kiev, while Beijing seeks peace. A “dove” power, in short, with “hawk” antagonists. The speech is rhetorical and debatable, but it will certainly gain many consents in worlds far from Washington and Brussels, which now find a global power that speaks a comprehensible language and plays the “we are equal to you” card.

Està siempre en todas las conversaciones, su majestad el fútbol. Un deporte nacido en Inglaterra, como casi todos los juegos de equipo modernos, y exportado en casi todo Occidente por los ejecutivos de las compañías británicas durante la globalización de finales del siglo XIX. Rápidamente gustó también en el resto de Europa y sobre todo en Sudamérica, luego contagió África, Asia y finalmente Medio Oriente. La gran diferencia en la pasión por este juego está en los países donde prácticamente todos los niños juegan al fútbol y aquellos donde el fútbol es más o menos una moda. Los grandes escritores que han contado la historia del fútbol nacieron donde el fútbol se bebe con la leche materna: basta pensar en el uruguayo Eduardo Galeano, el argentino Osvaldo Soriano, el italiano Gianni Brera o el inglés Nick Hornby. Autores que han dado una dimensión literaria e incluso fantástica al fútbol, como la partida entre socialistas y comunistas en Tierra del Fuego, arbitrada por un hijo de Butch Cassidy, contada por Soriano. El juego del balón no solo es el deporte base para millones de niños, y cada vez más también para muchas niñas, sino también un fenómeno sociológico, psicológico e incluso antropológico. Es ampliamente conocido cómo este juego – que alguien, parafraseando a Marx, define como “el opio de los pueblos” – puede ser instrumentalizado por regímenes en busca de visibilidad. Los primeros en hacerlo fueron los militares brasileños, que “secuestraron” las victorias de la selección nacional y la figura de Pelé, seguidos de cerca por los militares argentinos que en 1978 organizaron el primer verdadero Mundial de la vergüenza. Sin olvidar el Mundial de Putin en 2018, para llegar a la edición 2022 en Qatar. La vista de la tribuna de honor del estadio al-Bayt durante la ceremonia de apertura fue estremecedora: había una especie de “selección” del totalitarismo: al-Sisi, Erdogan, el príncipe saudita Bin Salman, además del jeque de Qatar Al Thani. Un Mundial-business que generó un volumen de negocios de 7.5 mil millones de dólares y dejó a la FIFA un beneficio de mil millones. Mientras tanto, para el Mundial 2030 se postulan los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. Todos países donde el fútbol nunca se ha practicado ni seguido, pero que necesitan una vitrina global que el juego del balón puede proporcionar. Una vitrina que, sin embargo, ha sido construida a lo largo del tiempo por millones de niños italianos, franceses, brasileños y argentinos que desde pequeños soñaban con convertirse en buenos jugadores para poder ayudar a sus familias. Porque el fútbol ha sido un formidable ascensor social, aunque reservado para unos pocos, seleccionados no en función de sus estudios o trabajo, sino de su habilidad con los pies. Por eso, los niños son el futuro del futbol, mas alla del negocio.

Han pasado 10 años desde aquel saludo de “buenas noches” dicho desde el balcón que da a la Plaza de San Pedro. El nuevo obispo de Roma era argentino pero también italiano, jesuita pero con profundas raíces franciscanas como San Ignacio. Sobre todo, un pontífice “político” después de la renuncia del teólogo Ratzinger. Bergoglio ha llevado su sensibilidad sobre los temas del trabajo, la tierra, el respeto a las minorías y, por primera vez en la historia de la Iglesia, ha dedicado una encíclica al medio ambiente. El IOR ya no es un banco offshore, algunas manzanas podridas del círculo empresarial del Vaticano han sido eliminadas, pero sin duda Francisco será recordado por la reforma de la Curia Romana que abre a los laicos, reorganiza las competencias y relanza la evangelización. Un Vaticano que ha apostado por la paz, como en la mediación entre Cuba y Estados Unidos, en el logro de la paz en Colombia y en el intento, lamentablemente nunca despegado, de detener el conflicto ruso-ucraniano. Francisco ha hablado con el lenguaje de los movimientos sociales, ha promovido a sacerdotes callejeros al rol de obispos, ha rediseñado el mapa del colegio cardenalicio abriendo a Asia y África. Ha sido el más importante testimonio de la lucha contra el consumismo. Sus zapatos desgastados se han convertido en una forma de protesta contra la sociedad de usar y tirar. Jorge Mario Bergoglio ha hecho política, ha humanizado la institución vaticana, ha ordenado la casa que los cuervos dejaron en desorden, ha dado testimonio de fe y ha hecho dialogar a las creencias. Después de Francisco, nadie podrá volver atrás en la renovada vocación de estar con los últimos, de querer la paz, de denunciar las injusticias, tal como está escrito en el Evangelio.

Pope Francis drinks any mate during Wednesday General Audience in Saint Peter’s Square. Vatican City, 17 December 2014. ANSA/CLAUDIO PERI

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Round and round we go, the new economy transforms and becomes old economy, very old. The oligarchs of the West Coast who revolutionized the way of life for all of humanity with their devices and social networks are now investing in land. It’s no surprise: figures like Bill Gates, Elon Musk, and Jeff Bezos, with their virtual products, had already anticipated a revolution in global capitalism; now they anticipate a new turn that puts a long-forgotten sector at the center, but which – it’s not difficult to predict – is destined to become crucial in the near future: agriculture. Bill Gates has become the largest individual owner of agricultural land in the United States, with 275,000 cultivable hectares spread over about 20 states. Bezos, the man behind Amazon, owns 170,000 hectares, all concentrated in Texas, while media mogul Ted Turner owns the world’s largest herd of bison, with 45,000 heads spread across 14 different ranches. These investments look to the future, especially because high-tech agriculture will be developed here, alongside smart cities like the one Gates is planning in Arizona for 80,000 lucky residents.

Smart cities and high-tech agriculture will definitely set the trend in the world, but for now, the only effect is a rise in land prices in the United States. The process closely resembles what happened a few years ago to real estate properties in California, which drove up house and rental prices and caused the explosion of homelessness camps on the sidewalks of cities like Los Angeles and San Francisco. This is because when the huge capital of high-tech giants moves, prices inevitably rise, and as a result, social differences grow, society and the cities split themselves between those who remain inside and those who end up outside, in a dramatic way. All this happens without any public debate on the matter, and without anyone worrying about the consequences.

The self-referential world of West Coast billionaires has greatly increased its power with total indifference from US and global politics: these economic groups have an impact on political and social dynamics as never before. Perhaps the most striking case is that of Elon Musk. The South African entrepreneur, in addition to having amassed a gigantic fortune, dictates the line on space exploration and research, and his group is the only non-state actor involved in the Russian-Ukrainian conflict, as it provides web links to Kiev, both to the population and the army. On the other hand, Bill Gates, with his charitable foundation, has determined the policies adopted by the WHO for Africa and directs investments in medical research. It could be said that the passage of these “computer wizards” and high-tech owners to landowners, favored by almost unlimited spending capacity, is making them come back… down to earth.

Cultivable land, which is constantly decreasing due to climate change, is a precious resource destined, in perspective, to assume incalculable value. When the world has to choose between video games and food, it will be the same entrepreneurs who produce and sell both goods: having abandoned the rhetoric that they would have made the world a better place through technology, they are preparing to become the saviors of hungry peoples. All privately, all for profit. Because the new and old economy of West Coast magnates is born and developed for very few but feeds on the needs of the masses, replacing politics with marketing.

Twenty years ago, the world witnessed the beginning of the war in Iraq: a war started based on a new legal theory of international relations elaborated by the White House, at the time governed by George W. Bush. It was called “preemptive self-defense.” Foreign to the United Nations Charter, it had been used for the first time by the United States in 2001 to invade Afghanistan, and formalized in 2002 with its inclusion in the National Security Strategy presented by Bush to the U.S. Congress. It was a doctrine born out of the 9/11 attacks, used in the heat of the moment against Afghanistan, accused of harboring Osama bin Laden, the leader of the Sunni terrorist network Al Qaeda. According to American intelligence, bin Laden could have organized attacks against structures and citizens of the United States from there. In reality, bin Laden would only be located and killed in 2011, not in Afghanistan but in Pakistan, a staunch ally of the United States.

The preparation for military intervention against Iraq, instead, was based on the assumption that Saddam Hussein, the dictator of Baghdad, possessed weapons of mass destruction. It was the first time a democratic state officially disseminated and used a “fake news” created to steer national and international public opinion. On February 5, 2003, then-U.S. Secretary of State Colin Powell appeared before the UN with a vial full of white powder: it was anthrax, he said, and constituted evidence of Iraq’s chemical arsenal. But after years of war, anthrax was never found in Iraq. Powell himself in 2005 called that speech to the UN a stain on his career.

However, the principle of “preemptive self-defense” had already established itself, overcoming what the 51st article of the UN Charter states on the same topic. Going back in time, only the 1990 intervention to liberate Kuwait from Iraqi invasion was carried out respecting all the formalities of international law: it obtained the UN’s green light thanks to the abstention of the USSR in the Security Council. For the rest, with the veto power in the hands of five powers on different sides, it has been impossible to reach agreed and shared interventions in cases of UN Charter violations. Therefore, the doctrine of preemptive self-defense has become an interesting shortcut. It has not only been used by the United States, but is also shared by Australia and the United Kingdom, as well as Israel. The latest convert to the Bush doctrine is Vladimir Putin’s Russia, which has justified the invasion of Ukraine based on the hypothesis that the neighboring country could become an operational base for NATO, thus endangering Russian security.

Today, when starting a dialogue between the parties in conflict, this is the great obstacle: how to reconcile Ukraine’s right to regain the occupied territories, enshrined in the UN Charter, and Russia’s right to ensure that no future dangers come from that border, claimed based on “preemptive self-defense.” It is a puzzle that is difficult to solve. To ensure peace in the world, instead, the first steps should be the reform of the UN Security Council and the rewriting of the rules: because if we have come to this point, it is also thanks to the casual use of “à la carte” law by global powers.

Vent’anni fa il mondo assisteva all’inizio della guerra in Iraq: una guerra avviata sulla base di una nuova linea in materia di diritto internazionale elaborata dalla Casa Bianca, all’epoca governata da George W. Bush. Si chiamava “legittima difesa preventiva”. Estranea alla Carta delle Nazioni Unite, era stata utilizzata per la prima volta dagli Stati Uniti nel 2001, per invadere l’Afghanistan, e ufficializzata nel 2002 con l’inserimento nella National Security Strategy presentata da Bush al Parlamento di Washington. Era una dottrina figlia degli attentati dell’11 settembre, utilizzata a caldo contro l’Afghanistan accusato di dare rifugio a Osama bin Laden, leader della rete terroristica sunnita Al Qaed. Secondo l’intelligence americana, da lì bin Laden avrebbe potuto organizzare attentati contro strutture e cittadini degli Stati Uniti. In realtà, bin Laden sarebbe stato individuato e ucciso solo nel 2011, non in Afghanistan bensì in Pakistan, alleato di ferro degli Stati Uniti. La preparazione dell’intervento militare contro l’Iraq, invece, si basava sull’ipotesi che Saddam Hussein, il dittatore di Bagdad, fosse in possesso di armi di distruzione di massa. Fu la prima volta in cui uno Stato democratico divulgò e usò ufficialmente una “fake news”, costruita a tavolino, per indirizzare l’opinione pubblica nazionale e internazionale. Il 5 febbraio 2003, l’allora segretario di Stato americano Colin Powell si presentò all’ONU con una fialetta piena di polvere bianca: era antrace, a suo dire, e costituiva la prova dell’esistenza dell’arsenale chimico dell’Iraq. Ma, dopo anni di guerra, in Iraq l’antrace non fu mai trovato. lo stesso Powell nel 2005 definì quel discorso all’ONU una macchia per la sua carriera.

Intanto, però, il principio della “legittima difesa preventiva” si era affermato, superando quanto recita sullo stesso tema il 51° articolo della Carta dell’ONU. Tornando indietro nel tempo, soltanto l’intervento del 1990 per liberare il Kuwait dall’invasione irachena fu compiuto rispettando tutti i crismi del diritto internazionale: riuscì, infatti, a ottenere il via libera dell’ONU grazie all’astensione dell’URSS nel Consiglio di Sicurezza. Per il resto, con il diritto di veto in mano a cinque potenze schierate su fronti diversi, nei casi di violazioni della Carta dell’ONU è stato impossibile arrivare a interventi concordati e condivisi. Perciò la dottrina della legittima difesa preventiva è diventata una scorciatoia interessante. Non soltanto è stata usata dagli Stati Uniti, ma è condivisa da Australia e Regno Unito, e anche da Israele. L’ultima convertita alla dottrina-Bush è stata la Russia di Vladimir Putin, che ha giustificato l’invasione dell’Ucraina in base all’ipotesi che il Paese confinante potesse diventare una base operativa della NATO, mettendo così in pericolo la sicurezza russa.

Oggi, al momento di iniziare un dialogo tra le parti in guerra, è questo il grande intoppo: come conciliare il diritto dell’Ucraina di riavere i territori occupati, sancito dalla Carta dell’ONU, e il diritto della Russia a garantirsi che da quella frontiera non arrivino pericoli in futuro, rivendicato sulla base della “legittima difesa preventiva”. Un rebus di difficile risoluzione. Per garantire la pace nel mondo, invece, le prime mosse dovrebbero essere la riforma del Consiglio di Sicurezza dell’ONU e la riscrittura delle regole: perché, se siamo arrivati a questo punto, è anche grazie all’uso disinvolto del diritto à la carte da parte dalle potenze globali.

Qualcosa sta scricchiolando dalle parti della Silicon Valley, e non soltanto a causa del crollo della Silicon Valley Bank, la sua banca principale. I segnali preoccupanti riguardano tutta la bolla speculativa che, negli ultimi vent’anni, ha portato ad attribuire alla produzione immateriale un prezzo esageratamente superiore rispetto al suo valore reale. Basti pensare al caso di Tesla, che è arrivata ad avere una capitalizzazione di borsa superiore a tutto il resto del settore mondiale dell’auto messo insieme. O di Amazon che, pur occupandosi semplicemente di logistica, è stata valutata come se fosse l’azienda del futuro. Quotazioni folli, che hanno portato i proprietari di queste aziende a diventare gli uomini più ricchi della terra. Ora il circuito autoreferenziale che ha alimentato la crescita delle startup californiane è in crisi: banche che finanziavano qualsiasi idea, fondi di investimento che realizzavano giganteschi affari puntando su startup promettenti per ricavare, dopo poco tempo, cento o mille volte la cifra investita. Tutto nel nome di creatività e innovazione, che c’erano sì, ma solo ogni tanto, perché non era questa la vera priorità.

Le app che avrebbero dovuto cambiarci la vita e rendere il mondo migliore si sono presto dimostrate per quello che realmente erano: fantastici veicoli di pubblicità mirata che non avrebbero cambiato nulla, e men che meno migliorato la nostra vita. La tribù dei promoter, degli influencer, dei guru della rete, profumatamente finanziati dalla rete stessa, è ormai in declino. Resta come dato permanente la dipendenza da smartphone, soprattutto negli adolescenti: addiction che ora ha anche un nome, “nomophobia”. Difficile capire se questa nuova realtà venga considerata una patologia o, piuttosto, un’opportunità di fare affari.

Come sempre accade quando le bolle si sgonfiano, i primi a restare per strada sono i lavoratori. Amazon, Twitter e Google nei primi mesi del 2023 hanno licenziato 50.000 persone, e con il fallimento della Silicon Valley Bank, forziere delle startup californiane, si preannunciano nuove ondate di licenziamenti. Per molti, questo è il momento per abolire i privilegi, unici nella storia del capitalismo, degli oligarchi della West Coast. Come l’immunità sui contenuti pubblicati sulle loro piattaforme, la deroga dalla legislazione sul lavoro per i loro “collaboratori”, l’indifferenza sui monopoli di fatto che hanno creato, l’accondiscendenza verso le forme legali di elusione fiscale messe in piedi a livello mondiale. Ma il vero capitale di questo mondo restano gli utenti, miliardi di persone in tutto il mondo. Sono stati loro a farli emergere, sempre loro hanno il potere di affondarli.

I social e le piattaforme di acquisto e di scambio di beni sono destinati a diventare meno importanti perché riemergeranno i settori fondamentali dell’economia tradizionale? Il fatto che, da qualche tempo, i magnati della Silicon Valley stiano acquistando enormi appezzamenti di terre coltivabili potrebbe essere un indizio. Di certo, l’entusiasmo che ha fatto lievitare il valore di questo mondo si è sgonfiato, ma è anche in grado di riprendere slancio, magari in nuove forme: ovviamente, solo se saremo noi a premiarlo.  

Di solito, le clausole democratiche inserite negli accordi internazionali sono solo retorica. Ma forse qualcosa sta cambiando. Il recente vertice dell’Unione Africana ad Addis Abeba ha affrontato un tema che ha spiazzato gli osservatori, che si aspettavano un’agenda tutta focalizzata sul tema sicurezza, in particolare sull’avanzata jihadista nel Sahel, e sull’emergenza alimentare determinata dal conflitto russo-ucraino. Invece l’UA, l’organismo che rappresenta i 54 Stati sovrani del continente più la Repubblica Sahraui, occupata dal Marocco, ha messo al centro dell’agenda la democrazia. Negli ultimi cinque anni in Africa si sono registrati 15 colpi di Stato, in Paesi come Burkina Faso, Mali, Gambia, Guinea, Ciad e Sudan. Non che, in passato, l’Africa fosse immune da problemi di questo genere, ma gli eventi golpisti non erano mai stati così frequenti come in questi ultimi anni, e più precisamente da quando in Africa operano i mercenari del gruppo russo Wagner, che sono stati artefici diretti del rovesciamento di vari governi.

L’Unione Africana ha confermato che i Paesi nei quali la democrazia è stata sovvertita continueranno a essere sospesi dall’organizzazione e i dirigenti golpisti a essere sanzionati, come accaduto a quelli del Burkina Faso, del Mali e della Guinea, finché il potere tornerà a chi risulti vincitore delle elezioni. Per quanto la qualità della democrazia africana sia molto bassa, e i processi elettorali poco partecipati e spesso poco controllati, la posizione ferma dell’Unione Africana segna un prima e un dopo rispetto alla tolleranza in materia politica. Ed è un gesto controcorrente, perché la maggior parte di questi Paesi ha forti o fortissimi legami economici e politici con la Cina, che di certo non promuove la democrazia nell’area, anzi. Per questo motivo, la fermezza dell’Unione Africana va letta come un gesto di sfida al potere esercitato in Africa da Pechino e anche dal suo alleato russo. Tale presa di posizione risulta coerente con l’altro punto importante emerso dal vertice: la dichiarata intenzione di aumentare gli scambi interni al blocco africano fino al 60% del totale, un dato che equivale alla soglia attuale degli scambi all’interno dell’UE. C’è molto da fare, in tema di dazi e barriere doganali, per raggiungere un livello simile partendo dall’attuale 15%, ma la strada è tracciata, e va in direzione di una maggiore indipendenza del continente dai compratori esteri.

Tutto questo attivismo e rilancio del multilateralismo africano va letto, infine, anche come risposta alle avances arrivate da Occidente. Il segretario dell’ONU António Guterres, presente ad Addis Abeba, si è spinto ad auspicare che un Paese africano possa entrare nel Consiglio di Sicurezza come membro permanente.

Rinnovato impegno democratico, aumento degli scambi interni per ridurre la dipendenza dalla Cina, protagonismo internazionale attraverso l’ONU: sembra l’agenda di una nuova era per l’Africa. A differenza del passato, quando in questo continente il copione era scritto esclusivamente dagli ex colonialisti, ora è l’associazione degli Stati africani ad alzare la voce. È una grande notizia, che ovviamente da noi non è stata registrata, ma che ci racconta come i protagonismi regionali si stiano moltiplicando e come la governance futura del pianeta non sarà detenuta esclusivamente da una o due potenze, bensì da una molteplicità di Paesi e blocchi omogenei. Sarà un mondo molto più complesso da gestire, ma sicuramente più rispettoso dei pesi reali degli Stati, definiti considerando l’economia, la demografia e la geografia, e non soltanto sulla base del possesso di ordigni nucleari.

L’entusiasmo del Parlamento Europeo che, in nome della lotta al cambiamento climatico, sta decidendo lo stop alla vendita di auto a combustibili fossili a partire dal 2035 non fa i conti con la realtà dell’estrazione e della lavorazione delle materie prime necessarie per costruire le batterie, parte essenziale dell’elettrico. Materie prime che si trovano in pochi luoghi al mondo, con punte del 50% per le riserve globali di cobalto concentrate in un unico Paese, la Repubblica Democratica del Congo. Va poco diversamente per il litio: oltre metà di quello disponibile sulla Terra si trova nella regione sudamericana a cavallo tra Cile, Argentina e Bolivia. Altri tre Stati – Turchia, Brasile e Cina – si spartiscono il 70% delle riserve di grafite, mentre quattro Paesi – Sudafrica, Ucraina, Australia e lo stesso Brasile – possiedono tre quarti del manganese presente sul pianeta.

Visti i pochi fornitori, tra l’altro non sempre esenti dal rischio di conflitti, il primo punto debole di questo mercato emergente è la sicurezza dei rifornimenti. Poi si pone il tema della sostenibilità economica locale dello sfruttamento delle risorse: per questi minerali, quasi tutto il valore aggiunto della lavorazione va a beneficio di Paesi diversi da quelli di estrazione. Clamoroso è il caso della Repubblica Democratica del Congo, il cui cobalto  viene lavorato e raffinato al 100% all’estero, ma lo stesso accade per gran parte del litio sudamericano.

Ugualmente gigantesco è il problema delle ricadute ambientali e sociali delle attività estrattive. Il 25% del cobalto fornito dal Congo proviene da miniere “artigianali”, nelle quali, secondo Amnesty International, lavorano persone in stato di semi-schiavitù; mentre per l’estrazione del litio cileno, boliviano e argentino si usa la tecnica detta “della salamoia”, che consuma grandi quantitativi di acqua in ecosistemi desertici, ambienti tra i più secchi al mondo, andando quindi ad esaurire le acque sotterranee, inquinando le poche falde superstiti e obbligando i pastori che tradizionalmente vivono in quella regione ad abbandonare le proprie terre.

Se proiettiamo nel futuro questi problemi già presenti, moltiplicandoli alla luce dei 250 milioni di auto che oggi circolano in Europa e che, tra 20 anni o poco più, dovrebbero essere sostituiti da veicoli elettrici, otteniamo una situazione ingestibile. Ma dobbiamo aggiungere ancora un’altra criticità, rispetto al cambiamento climatico: e cioè considerare da quale fonte si ricava l’elettricità che dovrà alimentare un numero enorme di mezzi. In Cina e India, Paesi dove la rivoluzione delle macchine elettriche è iniziata, rimane fondamentale il carbone. In misura limitata il carbone continua a essere usato perfino in Europa, ma nel nostro continente, soprattutto in Italia e Spagna, per generare energia elettrica si usano enormi quantità di gas naturale. Per far fronte all’aumento della domanda di elettricità, la rete di distribuzione dovrà essere rinnovata e la produzione rapidamente potenziata, ma ciò avverrà senza che sulle rinnovabili siano stati elaborati piani di sviluppo concreti, che richiedono investimenti parametrati alle necessità.

Sono questi i nodi irrisolti della tanto annunciata “rivoluzione verde europea”. Più ideologica che realistica e, anzi, spesso campata per aria rispetto alle reali disponibilità di materie prime. Soprattutto, volutamente ignara del fatto che questa rivoluzione ambientalista e smart è destinata ad alimentarsi con i soliti meccanismi di sfruttamento della terra e delle persone. Materie prime a basso costo, violazione dei diritti sociali e umani, distruzione ambientale, fuga di agricoltori e pastori, valore aggiunto spostato sulla trasformazione. Non c’è nulla di moderno in tutto ciò. È una storia che ogni volta viene narrata diversamente, ma che in fondo rimane sempre la stessa.

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Pubblicato: 26 febbraio 2023 in Mondo
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La constatazione dei limiti della globalizzazione nel produrre benessere diffuso, poi la pandemia e infine il conflitto russo-ucraino hanno innescato trasformazioni e ripensamenti che incidono sul sistema di regolazione del commercio globale pensato negli anni ’90, intaccando in particolar modo il WTO (World Trade Organization). Nato a Ginevra nel 1995, il WTO avrebbe dovuto stabilire le regole comuni e sanzionare gli eventuali trasgressori tra i 164 Paesi membri e i 23 osservatori (praticamente il mondo intero, con l’eccezione di Corea del Nord, Eritrea, San Marino e pochi altri Stati). 

Il primo “picconatore” del WTO è stato Donald Trump, che lo ha accusato di non essere imparziale: di fatto, il WTO si limitava a non avallare il ritorno dei dazi o l’imposizione di sanzioni economiche non giustificate, come quelle varate dagli Stati Uniti di Trump nei confronti della Cina. Poi, per l’organismo multilaterale fare il proprio lavoro è diventato sempre più complicato: durante la pandemia, l’emergenza ha determinato un “ritorno” prepotente della centralità degli Stati e ha fatto saltare quasi tutte le regole a tutela della libera concorrenza; ora con Joe Biden si sta ripetendo lo stesso copione della presidenza Trump. Gli Stati Uniti a guida democratica, infatti, non hanno compiuto alcun passo indietro rispetto alle sanzioni e ai dazi imposti dall’amministrazione repubblicana. Recentemente sono stati condannati dal WTO per la loro politica di sussidi all’acciaio e all’alluminio e, fatto ancora più rilevante, il WTO ha stabilito che le loro ritorsioni contro la Cina non sono giustificate in quanto non è in pericolo la sicurezza nazionale, unico motivo che potrebbe giustificarle.

Mai, prima d’ora, un organismo internazionale aveva espresso un parere sulla sicurezza nazionale degli Stati Uniti. Il pronunciamento ha scatenato la reazione piccata del governo di Washington, ma in realtà il WTO avrebbe ragione: negli accordi tra i Paesi aderenti all’organismo si era deciso di non evocare mai come pretesto la difesa degli interessi nazionali, perché ciò avrebbe reso inutile l’intero sistema; in caso contrario, chiunque avrebbe potuto bloccare le decisioni “scomode” in nome della propria sicurezza. Questo dibattito, apparentemente molto tecnico, è in realtà fortemente politico. Attorno al WTO sono esplose le contraddizioni tra un sistema di relazioni commerciali pensato ai tempi d’oro della globalizzazione e l’odierna economia-mondo, caratterizzata da colli di bottiglia che inceppano la libera circolazione delle merci. Se allarghiamo ulteriormente lo sguardo, gli Stati si stanno riprendendo la delega in bianco che, nell’ultimo decennio del secolo scorso, avevano concesso all’economia, e ai grandi gruppi privati. Oggi nessuno crede più che lo Stato debba ridimensionarsi e rinunciare al suo ruolo di indirizzo sui temi dell’economia, dell’ambiente o del lavoro. È questa la ragione per cui sta saltando in aria l’architettura globalista che immaginava un solo mercato mondiale, grande e aperto. Vengono invece ripristinati strumenti antichi come i dazi e le sanzioni senza giusta causa, le sovvenzioni, le penalizzazioni delle importazioni, nel tentativo di ricostruire una sovranità economica che, in realtà, è andata persa da tempo. Ed è questa la grande contraddizione dei nostri tempi: da un lato si torna a pensare, nel bene o nel male, al ruolo di una politica regolatrice e interventista, ma dall’altro non ci sono gli strumenti adatti per implementarla. E gli strumenti vecchi che cerchiamo di recuperare e riadattare, a partire dai dazi, diventano boomerang e finiscono con il danneggiare chi li adopera. Perché, volenti o nolenti, la nostra realtà è diventata globale: la chiave di volta sarebbe un forte impegno per la riforma del sistema multilaterale, invece si sta imboccando la vecchia, fallimentare scorciatoia autarchica.